Decid sí, si es sí, y no, si es no. Ésta es la regla que Jesús impone a sus discípulos. Él quiere que nuestra palabra sea digna de crédito.
En efecto, no es posible la vida social sin poder confiar en las declaraciones de los demás. Engañar a uno es tratarle como enemigo y al mismo tiempo es deshonrarse y hacerse indigno de toda confianza. Se comprende que nuestro Señor no consienta que de labios cristianos salga mentira alguna. Nada de engaño ni de astucia. Digamos simplemente la verdad: sí, si es sí, y no, si es no.
Sería injurioso, a mi parecer, si me atreviera a suponer solamente que en un hogar cristiano se pueda mentir. Seré más categórico: donde reina la mentira, puede que existan todavía las apariencias de un hogar, pero sus muros están agrietados y su ruina, ¡ay!, está muy próxima. No es posible el amor fuera de la verdad, y en el terreno de la amistad la mentira es, ni más ni menos, una traición. Pero si es superfluo y ofensivo, repito, recordar el deber de la franqueza a los miembros de una familia bien unida, ¿puede decirse lo propio de la pequeña virtud de la sinceridad? Cuando el muchacho se va enredando con razones contradictorias que sobre su conducta da a su madre, ella le interrumpe diciendo: «¿Qué es lo que me cuentas, si la punta de tu nariz se mueve?» Sin duda que si el culpable pudiera verse en un espejo, contestaría confirmando la veracidad de su madre. En realidad ésta no se engaña; las ventanas de la nariz, los labios, los párpados del pequeño mentiroso, señalan un ligero temblor del que se deduce que está falseando la verdad.
Y este defecto no es propio solamente de los pequeños; los mayores y aun las personas ya maduras están sujetas a él y, quieras o no quieras, estos enredos con la verdad constituyen en cierta manera un abuso de confianza, con peligro, además, de abrir paso a engaños más graves. Deben prohibirse rotundamente. Es propio de la sinceridad no querer decir más que cosas verdaderas.
Donde reina la mentira, puede que existan todavía las apariencias de un hogar, pero sus muros están agrietados y su ruina, está muy próxima.
Nos obliga, pues, en primer lugar, a no ser partidarios del último que habla y a no disimular nuestra manera de pensar. Sucede en familia que, con el pretexto de la caridad, se prefiere situarse de parte de los que manifiestan su opinión con mayor energía. Por temor a irritarlos dicen amén a todos sus juicios o pareceres. ¿Por qué contradecirlos, dicen, si tampoco podremos convencerlos? Con tal proceder aseguráis, indudablemente, vuestra tranquilidad, más con apariencias caritativas queréis ocultar vuestra debilidad.
La caridad jamás os obliga a aceptar una opinión contraria a la vuestra; solamente tiende a no herir la susceptibilidad de los demás, cuando se expresan opiniones distintas de las suyas. La virtud de la sinceridad no se ejercita solamente en la expresión de nuestros pensamientos, sino en el vasto campo de los hechos, de los que nosotros somos los testigos o los autores.
Sobre este punto sucede que para algunos es un perjuicio ser perfectamente objetivos, porque no ven los hechos solamente con sus propios ojos, ni los juzgan con imparcialidad. Los interpretan bajo el impulso, a menudo inconsciente, de sus deseos o de sus temores, de su simpatía, muy hábil en excusar a sus amigos, o de su antipatía, pronta a sospechar mala intención en los demás.
¡Pobre verdad!, parece que al salir del pozo le falta la ropa con que cubrirse: este espectáculo raramente se ofrece, pues cuando la verdad llega a salir en público ya se ha procurado vestirla bien. Si sólo la adornan con sencillez, el crimen es benigno, siempre que, a fuerza de exageraciones, no haya quedado desconocida… Mas ¿quién no ha exagerado alguna vez? Se exagera para cautivar el interés de una historia, se exagera también por vanidad, para darse tono; ya es más serio, aunque no digamos del todo, si uno arregla la verdad con objeto de lisonjear los gustos o inclinaciones de su interlocutor.
Por ejemplo: al ser preguntado, en el ámbito del hogar, sería necesario entrar en toda clase de comentarios para dar una respuesta satisfactoria. Sucede a veces que, por pereza o por cansancio, uno simplifica y esquematiza, y de la verdad pura ya no queda gran cosa.No obstante, de todo lo dicho, este último caso me parece el peor, porque es en menoscabo de la confianza que debe reinar en el ambiente familiar.
Si estáis persuadidos de que vuestras actividades no interesan al resto de la familia, creáis en el interior del hogar, con tal proceder, zonas en las que el individualismo roe lentamente los lazos de la comunidad familiar.Hoy os parecerá bien callaros algo; mañana será mejor no decir nada y se acabará por considerarse unos a otros como extraños a pesar de vivir todos bajo un mismo techo. Obrando así, no está lejos el momento en que, mediante el silencio, podrían disimularse sentimientos y acciones que distan mucho de ser inocentes. Insensiblemente se ha franqueado el paso y se ha entrado en el terreno de la mentira.
Si os creéis estar autorizados a callar ciertas cosas a los que amáis, el mismo motivo debe induciros a abrirles de par en par el santuario de vuestras ideas y de vuestra conciencia; que hagáis causa común de vuestras experiencias, de vuestras reflexiones, de vuestros deseos; en una palabra, que tengáis confianza unos con otros. Tanto si un cristiano afirma como si niega, que nadie pueda replicar a su palabra; será sí, si dice sí; y será no si dice no.
